Esperamos unos minutos y sacamos el celular. Viajamos escuchando música. Cocinamos con un video de fondo. Salimos a caminar con auriculares. Terminamos una serie y, casi automáticamente, buscamos qué ver después.
No necesariamente hay algo malo en ninguna de esas cosas. El problema aparece cuando descubrimos que cada momento vacío necesita ser llenado con algo.
Vivimos en una época con una enorme cantidad de estímulos disponibles. En cuestión de segundos podemos acceder a conversaciones, noticias, videos, música, juegos, mensajes y entretenimiento prácticamente ilimitado.
El silencio, en cambio, empieza a resultar extraño.
Y quizás por eso valga la pena preguntarnos: ¿cuándo fue la última vez que estuvimos algunos minutos sin hacer nada, sin mirar una pantalla y sin intentar distraernos?
Cuando no queda ningún espacio vacío
Durante mucho tiempo hubo pequeños momentos de silencio incorporados naturalmente a la vida cotidiana: esperar, viajar, caminar, hacer una tarea sencilla o simplemente mirar por una ventana.
Hoy podemos llenar casi todos esos espacios.
Y probablemente lo hagamos sin siquiera pensarlo.
El problema no es escuchar música, mirar una película o utilizar las redes sociales. Todas pueden ser actividades perfectamente saludables. El problema es perder progresivamente nuestra capacidad de elegir cuándo queremos un estímulo y cuándo necesitamos simplemente estar quietos.
Porque cuando cada espacio disponible está ocupado, hay algo que comienza a faltarnos: tiempo para procesar lo que estamos viviendo.
Hay pensamientos que necesitan tiempo para ordenarse. Emociones que necesitan ser reconocidas. Decisiones que merecen ser examinadas con tranquilidad. Preguntas importantes que difícilmente aparezcan mientras nuestra atención está constantemente ocupada.
A veces el silencio resulta incómodo precisamente porque, cuando el ruido desaparece, empezamos a escucharnos.
Estar solos no significa estar aislados
También podemos confundir fácilmente la soledad con el aislamiento.
Necesitamos vínculos. Necesitamos conversar, compartir, pedir ayuda, acompañar y ser acompañados. Una vida saludable no consiste en alejarnos permanentemente de los demás.
Pero elegir algunos momentos para estar solos es algo diferente.
La soledad voluntaria puede convertirse en un espacio para detenernos y observar cómo estamos viviendo. Nos permite revisar nuestras prioridades, reconocer aquello que nos preocupa, agradecer lo que normalmente damos por sentado y preguntarnos si estamos dedicando nuestra atención a las cosas que realmente consideramos importantes.
No se trata de escapar del mundo.
Se trata de retirarnos por un momento para poder regresar a él con mayor claridad.
Jesús también buscaba lugares solitarios
Los Evangelios muestran repetidamente a Jesús rodeado de personas.
Había multitudes que querían escucharlo, enfermos que buscaban ser sanados, discípulos que necesitaban aprender y personas que llegaban con preguntas y necesidades.
Sin embargo, en medio de toda esa actividad encontramos un detalle interesante:
“Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar.”
Lucas 5:16
Jesús tenía mucho que hacer. Y aun así, se retiraba.
Buscaba momentos lejos de las multitudes para encontrarse con Dios en oración.
Quizás esto nos ayude a mirar el silencio de otra manera. No solamente como la ausencia de ruido, sino como la posibilidad de hacer espacio para escuchar.
Escuchar lo que sucede dentro nuestro, pero también detener nuestra actividad lo suficiente como para dirigir nuestra atención hacia Dios.
La oración no siempre necesita muchas palabras. A veces también implica permanecer quietos, reconocer que no tenemos todas las respuestas y permitir que nuestra mente deje de correr de un pensamiento al siguiente.
No necesitamos desaparecer una semana
Cuando hablamos de retiro o silencio podemos imaginar inmediatamente una cabaña en medio de una montaña, varios días sin tecnología o una experiencia completamente alejada de nuestra rutina.
Puede ser valioso hacerlo alguna vez, pero no necesitamos condiciones extraordinarias para empezar.
Quizás podamos caminar diez minutos sin auriculares.
Dejar el celular en otra habitación mientras tomamos un café.
Apagar la televisión un rato antes de dormir.
Sentarnos algunos minutos a orar sin intentar llenar inmediatamente el silencio con palabras.
O simplemente resistir el impulso de sacar el teléfono la próxima vez que tengamos que esperar.
Son espacios pequeños. Pero pueden ayudarnos a recuperar algo que fácilmente perdemos en medio de tantas distracciones: nuestra capacidad de estar presentes.
Hacer lugar
El silencio puede parecernos improductivo porque no genera inmediatamente algo que podamos medir.
Pero no todo lo importante sucede mientras estamos haciendo.
Hay momentos para avanzar, trabajar, conversar, resolver y construir. Y también necesitamos momentos para detenernos, pensar, escuchar y orar.
Tal vez no necesitemos agregar una actividad más a nuestros días.
Tal vez necesitemos hacer exactamente lo contrario.
Apagar algo. Dejar algo a un lado. Quedarnos quietos durante unos minutos.
Y descubrir que, cuando finalmente hacemos silencio, el silencio no está tan vacío como pensábamos.
