“Encontrá tu propósito”. “Dejá tu huella”. “Hacé algo que cambie el mundo”.
Son frases que escuchamos con frecuencia y que, aunque pueden resultar inspiradoras, también pueden generar una presión difícil de reconocer. Pareciera que una vida verdaderamente significativa tiene que estar acompañada de grandes logros, experiencias extraordinarias o una misión capaz de impactar a miles de personas.
Pero ¿qué pasa si nuestra vida no se parece a eso?
La mayoría de nosotros pasamos buena parte de nuestros días haciendo cosas bastante comunes: trabajando, estudiando, cuidando a nuestra familia, resolviendo problemas, pagando cuentas, preparando una comida, viajando de un lugar a otro o cumpliendo responsabilidades que probablemente nadie vaya a recordar dentro de cien años.
¿Significa eso que estamos viviendo sin propósito?
El propósito no siempre responde “qué”
Cuando pensamos en nuestro propósito solemos preguntarnos: “¿Qué debería hacer con mi vida?”. Esperamos encontrar una profesión, una vocación, un proyecto o una causa que finalmente nos haga sentir que encontramos nuestro lugar.
Pero quizás haya otra pregunta igual de importante:
¿Para qué hago lo que hago?
Dos personas pueden realizar exactamente la misma tarea y vivirla de maneras completamente diferentes. Una puede verla simplemente como una obligación que debe terminar cuanto antes. La otra puede entender que, a través de esa misma tarea, tiene la posibilidad de servir, cuidar, aprender, crecer o hacerle la vida un poco mejor a alguien.
La actividad es la misma. Lo que cambia es el propósito.
Esto significa que no necesariamente tenemos que cambiar toda nuestra vida para empezar a vivir con mayor sentido. A veces necesitamos cambiar la manera en que entendemos la vida que ya tenemos.
Lo extraordinario también se construye con días comunes
Tenemos facilidad para reconocer los grandes momentos: una graduación, un nuevo trabajo, un proyecto exitoso, un viaje esperado, el nacimiento de un hijo o una decisión que cambia nuestro rumbo.
Sin embargo, nuestra vida está formada principalmente por días en los que aparentemente no sucede nada extraordinario.
Y esos días también cuentan.
El padre o la madre que vuelve cansado a casa y decide dedicar tiempo a escuchar. La persona que hace su trabajo con integridad aunque nadie la esté supervisando. Quien encuentra unos minutos para acompañar a alguien que atraviesa un momento difícil. La persona que cumple una promesa pequeña cuando hubiera sido más sencillo olvidarla.
Probablemente ninguna de esas acciones llegue a las noticias. Pero todas pueden tener propósito.
Una vida significativa no necesariamente se construye acumulando momentos extraordinarios. Muchas veces se construye aprendiendo a vivir con intención los momentos ordinarios.
¿Para quién estás viviendo?
La Biblia ofrece una perspectiva interesante sobre este tema:
“Y todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.”
Colosenses 3:23
Estas palabras cambian considerablemente nuestra manera de pensar el propósito.
Ya no se trata únicamente de encontrar la gran cosa que estamos destinados a hacer. Podemos darle propósito a aquello que tenemos delante cuando decidimos hacerlo de una manera que honre a Dios.
Nuestro trabajo puede tener propósito. Nuestra manera de criar a nuestros hijos puede tener propósito. La forma en que tratamos a una persona desconocida puede tener propósito. Incluso aquellas responsabilidades rutinarias que nadie reconoce pueden adquirir un significado diferente.
Cuando vivimos solamente buscando la aprobación de los demás, necesitamos que alguien vea, reconozca o celebre lo que hacemos para sentir que valió la pena. Pero cuando entendemos que nuestra vida también puede ser una respuesta a Dios, incluso aquello que sucede lejos de las miradas adquiere valor.
Tal vez tu propósito ya está más cerca de lo que pensás
Es bueno tener sueños. Es bueno proponernos metas, desarrollar nuestros talentos y preguntarnos de qué manera podemos contribuir al mundo.
Pero no necesitamos esperar hasta descubrir una misión extraordinaria para comenzar a vivir con propósito.
Podemos empezar hoy.
Preguntándonos cómo hacemos nuestro trabajo. Cómo estamos tratando a quienes tenemos cerca. Qué hacemos con las oportunidades que aparecen frente a nosotros. Qué clase de persona estamos siendo cuando nadie nos observa.
Tal vez vivir con propósito no consista solamente en preguntarnos qué queremos hacer con nuestra vida, sino también qué queremos hacer con este día.
Porque una vida con propósito no necesariamente es una vida extraordinaria a los ojos del mundo.
Puede ser, simplemente, una vida común vivida de una manera extraordinariamente consciente.
