Ayudamos a alguien y esperamos un “gracias”. Mandamos un mensaje y esperamos una respuesta. Hacemos un favor y, aunque nunca lo digamos, quizás guardamos en algún lugar de nuestra memoria que esa persona ahora podría hacer algo por nosotros.
No necesariamente hay algo malo en eso.
La reciprocidad forma parte de nuestras relaciones. Nos gusta sentir que el interés, el cariño y el esfuerzo van en ambas direcciones. El problema aparece cuando empezamos a llevar, casi sin darnos cuenta, una especie de contabilidad invisible.
Yo hice esto por vos. Ahora te toca a vos.
Y cuando la respuesta que esperábamos no llega, aparece la frustración.
La contabilidad que nadie ve
Probablemente nunca nos sentemos a escribir una lista de todo lo que hicimos por los demás. Sin embargo, podemos llevarla mentalmente.
Recordamos quién llamó la última vez. Quién organizó el encuentro anterior. Quién estuvo cuando el otro necesitaba ayuda. Quién hizo un regalo. Quién pidió disculpas primero.
Y también recordamos quién no lo hizo.
El problema de vivir de esta manera es que poco a poco podemos transformar nuestras relaciones en intercambios.
Damos porque recibimos. Ayudamos porque nos ayudan. Somos generosos con quienes son generosos con nosotros.
Pero ¿qué sucede cuando del otro lado no hay nada para devolvernos?
Hacer el bien cuando nadie nos debe nada
Jesús hizo una pregunta parecida hace mucho tiempo:
“Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene?”
Lucas 6:32
Es una pregunta sencilla, pero bastante incómoda.
Es relativamente fácil ser amable con quien es amable con nosotros. Ayudar a alguien que sabemos que haría lo mismo por nosotros. Dar cuando existe alguna posibilidad de recibir.
Jesús propone algo diferente.
Unos versículos después dice:
“Amen a sus enemigos, hagan bien y presten sin esperar nada a cambio.”
Lucas 6:35
La lógica cambia por completo.
Ya no hacemos el bien solamente como respuesta a lo que recibimos. Lo hacemos porque hemos decidido qué clase de personas queremos ser.
No todo necesita ser devuelto
Esto no significa permitir que otros se aprovechen de nosotros ni permanecer en relaciones que nos hacen daño. Tener límites saludables también es importante.
Significa algo mucho más cotidiano.
Podemos escuchar a alguien sin necesitar contar inmediatamente nuestra propia historia.
Podemos ayudar sin anunciarlo.
Podemos felicitar sinceramente a alguien aunque su logro no tenga ningún beneficio para nosotros.
Podemos acercarnos a una persona que está sola aunque probablemente nunca pueda devolvernos el gesto.
Podemos compartir nuestro tiempo, nuestros recursos o nuestras capacidades simplemente porque alguien los necesita.
Y después podemos seguir adelante.
Sin anotarlo.
Sin cobrarlo más tarde.
Una generosidad que va más allá del dinero
Cuando escuchamos la palabra “generosidad”, muchas veces pensamos inmediatamente en dinero.
Pero algunas de las cosas más valiosas que podemos ofrecer no tienen precio.
Tiempo. Atención. Paciencia. Una conversación. Una oportunidad. Una comida preparada para alguien. Un lugar en nuestra mesa. Una palabra de ánimo en el momento indicado.
Incluso algo tan sencillo como prestar verdadera atención puede convertirse en un acto de generosidad en un mundo donde todos parecen estar apurados por hablar.
Cada día aparecen pequeñas oportunidades para dar algo de nosotros.
El desafío es aprender a reconocerlas.
Dar porque primero recibimos
Para la fe cristiana, esta manera de vivir no comienza simplemente con el esfuerzo por convertirnos en mejores personas.
Comienza entendiendo cómo Dios se relacionó primero con nosotros.
La gracia es, precisamente, recibir algo que no podríamos comprar ni devolver.
Dios nos amó antes de que pudiéramos ofrecerle algo a cambio. Y cuando empezamos a comprender esa gracia, nuestra manera de relacionarnos con los demás también puede cambiar.
Ya no necesitamos convertir cada gesto en una transacción.
Podemos dar porque también nosotros hemos recibido.
Una pregunta para hoy
Quizás hoy aparezca una oportunidad pequeña.
Alguien que necesita ser escuchado. Una persona a quien podrías ayudar. Un mensaje que podrías enviar. Algo que podrías compartir. Una tarea que podrías hacer para aliviar la carga de otro.
Tal vez nadie lo vea.
Tal vez no recibas un agradecimiento.
Tal vez esa persona nunca pueda devolverte el gesto.
Y quizás ahí esté justamente el desafío.
Porque hacer el bien cuando sabemos que vamos a recibir algo a cambio puede ser un intercambio.
Pero hacer el bien cuando no esperamos recibir nada puede convertirse en una expresión de gracia.
