Empezar suele ser emocionante.
El primer día de un proyecto. La primera semana de ejercicio. Un curso nuevo. Una decisión que veníamos postergando. Un cambio de hábito. Incluso una nueva etapa en nuestra vida.
Al principio tenemos energía. Imaginamos resultados, hacemos planes y sentimos que esta vez realmente vamos a conseguirlo.
El problema suele aparecer algunas semanas después.
Cuando la novedad desaparece. Cuando los resultados tardan en llegar. Cuando aquello que parecía sencillo comienza a exigir esfuerzo.
Y entonces aparece una tentación bastante conocida: dejarlo por la mitad y empezar otra cosa.
Somos buenos comenzando
Probablemente todos tengamos algún proyecto inconcluso.
Un libro que empezamos a leer. Un curso abandonado. Una tarea que seguimos postergando. Un hábito que intentamos incorporar varias veces.
No siempre abandonar algo es una mala decisión. Hay proyectos que dejan de tener sentido, caminos que necesitan cambiar y decisiones que vale la pena reconsiderar.
Pero otras veces no dejamos algo porque descubrimos que estaba equivocado.
Lo dejamos simplemente porque se volvió difícil.
Comenzar tiene algo atractivo: está lleno de posibilidades. Todavía no conocemos los obstáculos y podemos imaginar fácilmente el resultado.
Permanecer es diferente.
Permanecer significa continuar cuando ya sabemos cuánto cuesta.
No todos los días vamos a tener ganas
A veces esperamos sentirnos motivados para actuar.
El problema es que la motivación cambia constantemente.
Hay días en los que tenemos energía y otros en los que estamos cansados. Momentos en los que vemos claramente hacia dónde vamos y otros en los que parece que no estamos avanzando.
Si solamente hacemos las cosas cuando tenemos ganas, muchas de ellas nunca llegarán demasiado lejos.
La constancia comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente “¿tengo ganas de hacerlo hoy?” y empezamos a recordar “¿por qué decidí hacerlo?”
No siempre necesitamos hacer mucho.
A veces permanecer significa simplemente hacer hoy la pequeña parte que nos corresponde.
Una página más.
Una conversación pendiente.
Un intento más.
Un día más cumpliendo aquello que nos propusimos.
Los grandes resultados suelen llamar nuestra atención, pero pocas veces vemos todos los días comunes que fueron necesarios para alcanzarlos.
Hay cosas que solamente pueden construirse con tiempo
Queremos resultados rápidos porque son fáciles de reconocer.
Pero algunas de las cosas más importantes de nuestra vida no funcionan de esa manera.
Una relación profunda necesita tiempo. Una habilidad necesita práctica. La confianza necesita repetición. Un carácter firme se construye mediante decisiones pequeñas tomadas una y otra vez.
También sucede con nuestra vida espiritual.
No existe una conversación, una reunión o una experiencia que pueda reemplazar completamente una vida de oración, aprendizaje, servicio y relación con Dios sostenida a través del tiempo.
Hay cosas que no pueden acelerarse.
Solamente pueden cultivarse.
Permanecer cuando todavía no vemos el resultado
La Biblia habla muchas veces sobre la perseverancia.
En Gálatas encontramos una invitación especialmente sencilla:
“No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos.”
Gálatas 6:9
La imagen de una cosecha resulta significativa porque nadie planta una semilla por la mañana esperando recoger sus frutos esa misma tarde.
Entre sembrar y cosechar existe un proceso.
Hay que cuidar algo que todavía no produjo resultados. Continuar trabajando cuando aparentemente no está sucediendo demasiado. Confiar en que aquello que hacemos hoy puede dar fruto más adelante.
Nuestra vida muchas veces se parece más a eso que a los resultados inmediatos a los que estamos acostumbrados.
Hay esfuerzos cuyo fruto todavía no podemos ver.
Terminar también es una forma de crecer
Existe una satisfacción particular en comenzar algo nuevo.
Pero también hay algo profundamente valioso en terminar.
Terminar nos enseña paciencia. Nos obliga a atravesar etapas que quizás no hubiéramos elegido. Nos muestra nuestras limitaciones y nos ayuda a desarrollar disciplina.
Y, sobre todo, nos enseña que podemos seguir adelante aun cuando desaparece el entusiasmo inicial.
Quizás por eso la constancia no consiste en hacer siempre las cosas perfectamente.
Consiste en volver.
Volver después de un mal día.
Retomar después de habernos atrasado.
Intentarlo nuevamente después de equivocarnos.
Continuar aunque nuestro avance sea más lento de lo que imaginábamos.
Un poco más
Tal vez haya algo en tu vida que comenzaste con entusiasmo y hoy te cuesta sostener.
Antes de abandonarlo, puede valer la pena preguntarte por qué empezaste.
¿Sigue siendo importante?
¿Sigue teniendo sentido?
¿El problema es que deberías dejarlo o simplemente que llegaste a la parte difícil?
No todo lo que comenzamos tiene que terminarse. Saber cambiar de dirección también requiere sabiduría.
Pero cuando algo sigue siendo bueno, valioso y necesario, quizás no necesitemos buscar nuevamente la emoción del comienzo.
Quizás necesitemos aprender algo diferente:
permanecer.
Porque algunas de las cosas más importantes que construiremos en nuestra vida no serán el resultado de un momento extraordinario de inspiración.
Serán el resultado de haber decidido, muchas veces y durante mucho tiempo, no dejarlas por la mitad.
